Por Miguel Carbajal Rodríguez, Director de Medio Ambiente y Sustentabilidad WSP México

Las palabras cambio e incertidumbre cobran hoy una especial relevancia en la vida de las empresas. Basta un vistazo somero hacia un pasado reciente para darnos cuenta de cuántos sucesos en el mundo han pasado, todos con un impacto directo o indirecto en ellas, así como en nuestras vidas.

La atención la tiene hoy la pandemia del COVID; atención que tenía Greta Thunberg, activista tan polémica de 16 años; la atención la tenían los disturbios sociales en Haití, Ecuador, Bolivia, salvador y Chile; la crisis en Venezuela; las manifestaciones en Francia y Hong Kong; la tenía el Brexit, el Tratado de libre comercio Canadá, Estados Unidos y México; el Panamá Papers; en su momento la tuvieron las masacres en Estados Unidos; el reconocimiento de la propiedad privada en Cuba; la atención también la tuvo el fuego, fuego en Notre Dame, fuego en Australia y en la selva amazónica.

El desciframiento del genoma humano y las grandes revoluciones en comunicación llámese Wikipedia, Facebook, Gmail, Youtube, Twitter, los teléfonos inteligentes, el sistema Android, What´s app; los ciberataques “Wannacry.” Todo en un lapso de dos décadas.

No podemos omitir los desastres causados por fenómenos naturales ya sea terremotos como el de Haití, Cachemira, India, Sichuan, China; Chile, Ecuador, Cd de México; Tsunamis como el que devastó el sureste asiático o Huracanes como Jenne, Allison, Irene, Katrina, Ike, Wilma, Stan… la lista es larga.

Estos y otros eventos han ocurrido tan solo en 20 años e impactan directa o indirectamente en la economía, en ocasiones de manera leve, en ocasiones de manera drástica. Son billones de dólares los que se han perdido ya sea en caída de mercados, pérdidas de empleo, infraestructura y costos de guerras, sin contar los cientos de miles de vidas perdidas o afectadas. A raíz de estos eventos se toman decisiones que influyen en relaciones diplomáticas, políticas de mercado, de comunicación, de seguridad, de intercambio de bienes y servicios por mencionar algunos.

Al hacer este ejercicio de memoria, resulta claro que los sucesos en mundo ocurren ya a una velocidad sin precedentes, los escenarios cambian constantemente y se le suman variables de relevancia que no se pueden olvidar como el cambio climático, una población mundial creciente, la devastación de recursos naturales y serios cuestionamientos al modelo económico en el que nos hemos desarrollado.

Nunca antes a mi parecer, los escenarios eran tan complejos e inciertos. La realidad a la que nos enfrentamos, enmarcada hoy por una pandemia mundial, es cambiante y cada vez menos predecible. Ante esto, palabras como riesgo y vulnerabilidad cobran un peso que debe ser ponderado por gobiernos, sociedad en general y por el sector privado.

Si sumamos además lo que ocurre en nuestro país: falta de certidumbre para invertir, falta de certeza jurídica para proyectos; políticas poco claras para fomentar inversión, recuperación y creación de empleos; falta de justicia, de estabilidad social, falta de un proyecto educativo creíble y eficiente; apoyo cada vez menor a la ciencia como generadora de conocimiento y soluciones; estrategias poco claras de fomento al sector empresarial y a los nuevos emprendimientos así como de soporte a los que ya se han arriesgado a crear empresas; el panorama es sin duda muy confuso.

Las empresas se enfrentan a un mar de incertidumbre en el que deben de implementar sus estrategias para salir adelante. Lo que queda claro es que mucho de lo que ha funcionado en el pasado ha dejado y dejará de ser efectivo. Si las empresas quieren disminuir el riesgo y la vulnerabilidad ante los nuevos escenarios y aprovechar las oportunidades que también se generan, dichas estrategias deben de integrar un plan de sustentabilidad con temáticas sociales y ambientales que incluyan situaciones probables derivados de cambio climático, tendencias sociales, avances tecnológicos y la disposición de recursos para poder avanzar, así como la implementación de esquemas de economía circular y uso de energía renovable. Todo lo anterior implicará romper viejos paradigmas de producción que, si bien han generado grandes ganancias económicas, también han tenido un costo muy elevado en términos ambientales y sociales.

La mejor manera de proteger a las empresas hoy si pretenden avanzar en la siguiente década, es brindándoles la mayor estabilidad posible al incluir en la caja de la rentabilidad económica todos los temas anteriores para minimizar los riesgos y generar la confianza en consumidores, accionistas y sociedad en general, elementos que generarán a su vez un círculo virtuoso reflejado en utilidades y capacidad para aprovechar las nuevas oportunidades que emergerán.  Hoy se escribe ya con nuevas reglas, las empresas deben de dar este salto evolutivo para ir más allá de lo legal, considerando dimensiones sociales y ambientales dentro de sus estrategias. La vida de las mismas, los empleos que generan y los beneficios derivados de éstas, depende de saber tomar las mejores decisiones para minimizar el riesgo y la vulnerabilidad ante los eventos presentes y futuros que, al menos 20 años de historia nos demuestran, son impredecibles pero que sin duda vendrán con enormes posibilidades de desarrollo para quienes estén preparados.