Según la Convención Ramsar (1971), los humedales son “extensiones de marismas, pantanos y turberas, o superficies cubiertas de agua, ya sean de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes, dulces, salobres o saladas, incluidas las extensiones de agua marina cuya profundidad en marea baja no exceda de seis metros”. Esta definición abarca no solo las turbas, vegas, juncales o zonas anegadas con vegetación, que es lo que comúnmente se entiende como humedal; sino también ríos, esteros, arroyos, lagos, salares y lagunas. También áreas con vegetación adaptada para vivir en ambientes acuáticos o áreas húmedas, pero sin agua de manera temporal.
Estos ecosistemas son esenciales para mantener el ciclo del agua, ya que el recurso hídrico es un factor determinante que controla el medio ambiente, la vida vegetal y animal asociada. Sin embargo, su definición no depende uniformemente de la presencia constante de agua, ya que algunas de estas áreas pueden parecer secas en ciertas épocas del año, pero conservan sus características.
Asimismo, los humedales aportan condiciones únicas que favorecen la presencia de diversas especies, tanto vegetales como animales, incluyendo aves migratorias, anfibios, peces, especies endémicas y nativas, así como especies en categoría de conservación. Las interacciones entre especies en los humedales promueven la preservación de las cadenas tróficas o los flujos de energía.
En Chile, según el Ministerio del Medio Ambiente (MMA), existen más de 40 mil humedales que abarcan alrededor de 4,5 millones de hectáreas, representando aproximadamente un 5,9% del territorio nacional. A nivel global, se estima que los humedales cubren una superficie de 12,1 millones de km2, lo que equivale aproximadamente al 6% de la superficie terrestre.