Este camino no se limita a una hoja de vida ni a una entrevista. Es un proceso de transformación. Requiere abrir los sentidos, desacelerarse, permitir que otros tiempos (los del territorio) nos enseñen. Y allí, en medio de ese aprendizaje, recordé también mi primera oportunidad laboral. Y todo tomó otro sentido.
Revisando perfiles, encontré muchas personas con experiencia sólida. Pero también, entre quienes aparecerían “sin experiencia”, estaban esas mujeres que habían dejado su corazón a una carrera universitaria, con la esperanza de que algún día ese esfuerzo diera frutos. Algunas mujeres wayuu, recién graduadas, trabajan en oficios no relacionados con su profesión: “Eso es solo para hombres”, me dijeron varias veces.
Entonces hice la llamada. Al fondo, el viento guajiro. Voces de niños. El murmullo de animales. Una palabra en wayuunaiki: keppen (café). Y luego, una voz tímida:
—“Aló, ¿hablo con...? Me llegó su hoja de vida y quisiera conversar sobre una oferta laboral que tenemos en WSP Colombia”.
Un segundo de silencio, y luego respondió:
—“Sí, es la primera vez que me llaman. No tengo experiencia, pero si me dan la oportunidad, puedo aprender y dar lo mejor”.
Se trataba de una trabajadora social wayuu, egresada de la Universidad de La Guajira. Había roto con los moldes de su cultura para estudiar. No podía creer que esa llamada fuera real. Me habló con respeto, con fuerza, en español y en wayuunaiki. Y ya no era una arijuna al otro lado del teléfono. Era alguien dispuesta a confiar en ella.
Cuando llegó el momento de presentar los perfiles, sí, empecé con los de mayor experiencia. Pero también incluí a estas mujeres que, aunque sin trayectoria laboral previa, estaban listas para crecer. Porque algo que he aprendido en La Guajira es que ser wayuu no garantiza conexión con el territorio. No siempre es orgánica. Pero hay mujeres que sí, que respiran su cultura, que la viven con sentido colectivo, y que tienen la fuerza de transformar su realidad sin perder su raíz.
La mayoría de esas postulaciones eran de mujeres con formación universitaria. Muchas ya pensando que no podrían ejercer. En ese momento recordé una frase de la vicepresidenta de tierra y medio ambiente:
— “Aquí en WSP Colombia tenemos oxígeno para todos; lo importante es querer crecer y aportar”.
Con el respaldo de mi líder, seleccionamos a quienes tendrían su primera vinculación laboral. Volví a llamar. Esta vez tuve que insistir. La razón:
— “Ay, disculpe. Estaba pastoreando y trayendo agua, pero cuénteme…”
Me quedé en silencio. Me apretó el pecho. Solo pude decir:
— “Hola, bienvenida a WSP en Colombia. ¡Eres parte del equipo social!”
Si pudiera compartir la banda sonora de ese momento, escucharían alegría contenida, viento, risas infantiles y, entre todo eso, un anayaawatsüja’a (gracias) que todavía me acompaña. Pero allí no terminó. Empezaba el verdadero reto: exámenes médicos, apertura de cuentas bancarias, entrega de dotación, e inducciones. ¿Quién haría la visita domiciliaria? ¿Cómo se llevaría a cabo?
En este contexto, nuestra política de Inclusión y Pertenencia se materializo aún más. Gracias al manual intercultural elaborado por nuestras compañeras wayuu del equipo social, capacitamos a los equipos de Recursos Humanos (RRHH) y Seguridad, Salud, Medio Ambiente y Calidad (HSEQ) y demás áreas para comprender la cosmovisión, los tiempos, los espacios y la lógica comunitaria wayuu. RRHH se puso la 10: logró que todo el proceso fuera respetuoso, cuidadoso y libre de discriminación.
Hoy esas profesionales ya terminaron su labor. Y yo dejé de ser arijuna. Ahora soy marychon (me lo dijeron ellas). Es decir, no me incluyeron como una simple visitante, sino como parte de su tejido o círculo social. Me abrazaron desde su historia y sus saberes. En ese momento, comprendí que la diversidad no es una moda, ni una política más. Es la posibilidad de que las mujeres (de todas las culturas, territorios y saberes) sigamos escribiendo la historia.
La equidad no es repetir esquemas, sino abrir caminos para quienes históricamente no los han tenido.