Paso a paso
La Bahía de Santander acumulaba problemas en la década de los noventa, cuando recibía 68.000 metros cúbicos de aguas residuales a diario, un volumen que amenazaba con contaminar el entorno. El Plan se dividió en tres fases, desarrolladas de forma encadenada y sin retrasos. Esas tres fases nos ayudan a entender la infraestructura.
En la primera se colocó la red de colectores, es decir, las tuberías que recogen los grandes caudales y los transportan. Para ejecutar dicha tarea con un consumo reducido de energía (por gravedad) el largo trayecto soterrado requiere Estaciones de Bombeo en distintos puntos, que ayudan a salvar las pendientes en los tramos más complicados.
También se tuvieron en cuenta las lluvias, que podían colapsar todo el sistema, para lo cual se utilizaron los denominados Tanques de Tormentas. Son depósitos de retención en los que la capacidad hidráulica de la tubería de entrada es mayor que la de salida, lo que además se controla con elementos de regulación. Así, cuando el caudal de entrada alcanza un valor crítico por un exceso de lluvia, el agua permanece en el tanque hasta que pueda ser evacuada con el flujo adecuado. Junto a los tanques, también se ubicaron aliviaderos, que, como su nombre indica, alivian los excedentes de caudal de forma directa siempre que su carga de suciedad sea escasa.
En la primera fase se instaló este gran ‘mecano’ jalonado de estructuras de garantía, que sigue guardando una asombrosa vinculación en su esquema con el ingenio de la antigua Roma. En los municipios cántabros que se benefician de este avanzado sistema de saneamiento se levantaron pavimentos, se cortaron calles y se convivió con las obras, siempre intentando generar las menores molestias posibles. Un esfuerzo colectivo que se aprovechó para construir el paseo marítimo que va desde la Grúa de Piedra hasta el Real Club Marítimo y remodelar los Jardines de Pereda con zonas infantiles, instalaciones de información turística, kiosko de música, cafetería... recuerda Ángel Piedra.
Una vez rematada la red general, en 1999, se comenzó la construcción de la Estación de Bombeo General, que constituye el corazón del sistema de saneamiento: permite bombear toda el agua residual para su posterior tratamiento en la estación depuradora. La Estación se sitúa en Nueva Montaña y la Depuradora, en las proximidades de San Román de la Llanilla. Una distancia considerable, que en coche requiere unos 9 kilómetros de trayecto.
Sin embargo, la obra más exigente de esta fase, y probablemente de todo el proyecto, fue la construcción del emisario submarino, que conecta la depuradora con el mar para realizar el vertido una vez saneadas las aguas. Para ello había que idear un sistema que permitiera construir y transportar por el Cantábrico los 2.430 metros de emisario, una gran canalización que arranca desde las proximidades de la isla de la Virgen del Mar. Y después había que fijarlo en las profundidades del Cantábrico, que poco tiene que ver con el tranquilo Mediterráneo. César Prieto, que actuó como Jefe de Unidad de Asistencia Técnica en la Fase 2, explica las diferencias: «El comportamiento del Mediterráneo había permitido aplicar unos procesos constructivos mucho más sencillos. En Levante podían ensamblar las tuberías en la playa más cercana y desde allí sumergirlas y ubicarlas donde fuera necesario. Allí el fondo es llano y apenas hay olas. Pero el Cantábrico es muy diferente. Tiene un fondo mucho más irregular, muy rocoso. Y las olas están batiendo constantemente, así que tienes que elegir muy bien el día y la hora en que vas a intentarlo».
El equipo de ingenieros de WSP Spain investigó los proyectos similares desarrollados en todo el mundo, los materiales y las técnicas que se habían utilizado y comenzó a estudiar con detalle el estado de la mar en el punto donde debía instalar el emisario. “Nos preocupaba tanto la vida útil de la infraestructura como la puesta en obra, que era crítica: el momento de más estrés para la tubería». Todo se podía frustrar en unos minutos si la planificación fallaba en algún detalle.
¿Cómo se consiguió? En primer lugar, para construir las tuberías del emisario se utilizó una soldadura por termofusión al abrigo de un puerto seguro. Cada tramo de tubos soldados medía entre 500 y 800 metros de longitud (la plaza de San Pedro en El Vaticano, por ejemplo, tiene una longitud de 320 metros). Pero entonces apareció el dilema de cómo disponer las tuberías mar adentro, salvando además la península de La Magdalena. La solución fue dejar los tramos de tubo flotando en la propia Bahía, una vez soldados y protegerlos en la Bahía hasta disponer de las condiciones climáticas idóneas para sumergirlos.
Para conseguirlo era necesario contar con un equipo profesional de submarinistas que controlara el fondeo. También se instaló un circuito cerrado de televisión que permitiera seguir la operación bajo el agua para que la coordinación durante el momento crítico, en agua y en tierra, fuera completa.
Solo restaba entonces el último paso submarino, no por ello más sencillo. Los tubos sumergidos debían ser protegidos de las corrientes y cualquier otra inclemencia meteorológica. Primero se realizaron zanjas para encajarlos, y de inmediato se hormigonaron. Con el hormigón asentado, a partir de los 500 metros se dispusieron rápidamente unas sólidas escolleras, cuyas piedras principales tenían entre una y tres toneladas.
El resultado fue un éxito: «Se consiguió sacar adelante porque era un grupo de técnicos muy bueno. Los 2,5 kilómetros se pusieron en cinco o seis maniobras. Fue un hito y una referencia no solo para España, sino también para toda la zona Atlántica. Las longitudes de los tramos de tubería fondeados en el emisario de Santander permitieron consolidar esta técnica, lo que ha posibilitado su utilización sistemática en posteriores sistemas de saneamiento con vertido final al mar.